Recuerdo que preparaba un tema de oposiciones para secundaria, el primero (del que nunca pasé, que se titulaba Lenguaje y comunicación. Competencia lingüística y competencia comunicativa, y que trataba la comunicación desde el modelo tradicional de Jakobson, aquel que se repitió hasta aburrir desde la secundaria hasta la universidad. Tenía serias sospechas de que ese modelo era incapaz de explicar el proceso comunicativo en toda su amplitud, así que buscando me topé con la pragmática, que me daba una comprensión más cabal de la comunicación, los factores implicados en ella y las relaciones entre ellos.
El modelo de Jakobson me parecía demasiado mecanicista, poco natural. No quiero restarle mérito al célebre lingüista, quién soy yo para hacerlo... Jakobson se basó en un modelo que explicaba otro fenómeno, un caso concreto de comunicación. La pragmática, sin embargo, proporciona un enfoque multidisciplinar que aborda el fenómeno desde múltiples perspectivas, con lo que obtenemos una visión más amplia del objeto de estudio. Así, decidí tratar el tema de oposiciones desde el punto de vista de la pragmática, que me pareció más adecuado para hablar del lenguaje y la comunicación. Las aportaciones de la psicología cognitiva y de la filosofía del lenguaje han sido decisivas para que la lingüística pudiera explicar la comunicación con los refinamientos propios del rigor científico.
La lingüística, que tradicionalmente siempre había tenido el código lingüístico -la lengua de Saussure- como único objeto de estudio, dispone de una disciplina que proporciona las herramientas necesarias para describir y analizar los contenidos comunicativos que van más allá de lo dicho literalmente. Estos factores extralingüísticos, al contrario de lo que pensaba el viejito Saussure (así se refería a él un profesor de la facultad), siguen patrones sistemáticos, por lo que la ciencia puede buscar regularidades y generalizaciones en ellos. De ahí su utilidad en la enseñanza. Eso significa que podemos sistematizarlos y enseñarlos.
Si la gramática tradicional y la normativa se referían al código lingüístico en términos de correcto/incorrecto, de gramatical/agramatical, la pragmática habla de adecuación. ¿Cuántas veces hemos entendido un texto que contiene errores gramaticales? Si interpretar un mensaje consiste únicamente en descodificar ese código sembrado de bugs lingüísticos, en principio no deberíamos ser capaces de entenderlo; sin embargo, sí lo hacemos. Los lenguajes artificiales no pueden interpretarse si contienen errores, como los lenguajes de programación; el lenguaje natural, campo abonado para la creatividad humana, en cambio, puede descodificarse a pesar de que haya errores en el código lingüístico, siempre y cuando, claro está, los errores no sean tan numerosos o importantes como para hacer el mensaje ininteligible. Es cierto que en la práctica, somos capaces de detectar esos errores y compensarlos, pero el modelo teórico en sí mismo sólo se refiere a un proceso mecánico de condificación-descodificación de un sistema de signos compartido.
También resulta muy curioso que la adecuación sea un factor enteramente extralingüístico que condiciona tanto nuestras emisiones lingüísticas. Es una de las propiedades textuales que, junto a otras propiedades puramente lingüísticas, como la coherencia y la cohesión, dan garantías de éxito a lo que comunicamos. Cuando aprendemos una lengua extranjera muchas veces nos surgen dudas sobre qué palabra utilizar según el contexto. Como gran parte del aprendizaje de una lengua extranjera muchas veces es "libresco", fuera de contextos y situaciones propios de la vida cotidiana, en muchas ocasiones he usado palabras inadecuadas en el registro oral, por ser muy características del registro escrito.
El nuevo paradigma enriquece la visión de las relaciones que se establecen entre los elementos que intervienen en la comunicación. Me parece especialmente importante el carácter intencional del emisor al generar el mensaje. Ya no se trata de un hablante abstracto, sino de un concepto actualizado en el uso. En la comunicación, por tanto, intervienen signos artificiales (lingüísticos y no lingüísticos), que siempre se crean con una intención determinada, a diferencia de los indicios, que son signos naturales, que quedan fuera del objeto de estudio. Si el emisor busca intencionadamente otro individuo que interprete su mensaje, entonces interviene necesariamente un destinatario, que no un receptor pasivo u ocasional. En la enseñanza de lengua, se entendió que las habilidades comunicativas de comprensión eran "pasivas", frente a las activas, las de expresión. Desde esta perspectiva se entiende que la comprensión es una actividad que recoge e interpreta las intenciones del emisor por medio de procesos de inferencia y descodificación.
La naturaleza cognitiva del lenguaje es innegable, como capacidad innata que reside en el cerebro y que nos permite reflejar, entender e intervenir en el mundo que nos rodea. De nuevo, podemos atenernos a sistematizaciones dentro de un objeto de estudio tan complejo como la comunicación humana. El concepto de representaciones internas reúne una serie de datos heterogéneos como la situación extralingüística, las relaciones con el interlocutor (fundamentales en lo que se refiere a la cortesía) y las intenciones comunicativas del emisor. Todos estos elementos pasan por nuestros cerebros, lo que explica la subjetividad presente en nuestra conducta. La "realidad" se ve desde nuestra manera de entenderla y procesarla. El hecho de que existan parcelas del terreno pragmático que no compartimos puede inducir a errores y malentendidos. Así de importante es el concepto de la representación interna para evaluar el éxito de un proceso comunicativo concreto.
Algunos de los manuales recientes de ELE o los que usamos para aprender lenguas extranjeras se estructuran en situaciones o presentan situaciones en las que cualquier aprendiente puede encontrarse al tener que usar la lengua objetivo. Las situaciones presentadas, que son bien conocidas por todos (en el aeropuerto, en un hotel, de cena con los amigos, etc.), no sólo presentan el input lingüístico, los exponentes funcionales necesarios para desenvolverse en la situación, sino también un marco para esas secuencias de acciones estereotipadas que definen representaciones compartidas en una comunidad lingüística que comparte también una misma cultura. Tan importante es presentar en los manuales las estructuras lingüísticas como las complejas estructuras de conocimiento que implica intervenir exitosamente en estas situaciones de interacción social. Las muestras de lengua, cómo no, constituyen un reflejo de esas convenciones sociales, sobre todo en lo que se refiere a la cortesía verbal. De hecho, es uno de los primeros aspectos que se enseñan en la clase de lengua: saludos, presentaciones, despedidas, dar las gracias, ofrecerse, etc. Las actividades propuestas desde el enfoque por tareas siguen en muchas ocasiones esas secuencias predeterminadas que se dirigen a la consecución de un objetivo concreto (organizar un viaje, rodar una película, organizar una cena...).
Estas bases estructuradas de conocimiento compartido se ponen en relación con los enunciados y los factores extralingüísticos mediante los procesos de inferencia. Al modo de un silogismo, el destinatario es capaz de extraer conclusiones y emitir nuevos enunciados a partir de las proposiciones que se desprenden de los enunciados recibidos con el mensaje. Aquí reside la piedra de toque de la pragmática, en la capacidad de inferir esos enunciados, que hace posible comunicar más de lo que literalmente se dice. El ejemplo típico es el de la habitación fría con una ventana abierta. Si alguien dice:
-Aquí hace frío ¿no?
Los factores extralingüísticos, la situación, entra en escena para proporcionar las pistas necesarias. En este caso, hace frío en la habitación porque la ventana está abierta, lo que nos permite inferir que el enunciado anterior no transmite únicamente información acerca de la temperatura de la habitación (el mensaje aquí no sería relevante) sino que el destinatario puede (y debe) interpretar el enunciado como una petición. Así que la implicatura se resumiría en un "Cierra la ventana, por favor". Los procesos de inferencia, de nuevo, desvían la atención hacia factores que no son únicamente lingüísticos, pero que determinan de manera decisima la producción de enunciados. De ahí la importancia de conocer y enseñar los exponentes lingüísticos asociados convencionalmente a situaciones concretas.
Esta refinada sistematización de los procesos comunicativos alcanza incluso a catalogar las intenciones comunicativas en los llamados actos de habla. Espero que se me disculpe la digresión pero, de hecho, Searle ha descrito y analizado la estructura básica de la propia intencionalidad en en su ensayo filosófico Razones para actuar. Para hacerse una idea del nivel de detalle que alcanza la descripción del sistema intencional, Searle se refiere una forma de intencionalidad muy interesante que llama "adscripciones de intencionalidad metafóricas, o adscripciones de intencionalidad "como si"":
"Estoy pensando en cosas tales como cuando adscribimos memoria a un ordenador o un deseo a una planta. Se trata de una manera inocua de hablar. Si digo, "Mis plantas desean agua", no induciré a confusión a manera que piense que les estoy adscribiendo intencionalidad de manera literal. Llamaré a esas adscripciones de intencionalidad metafóricas, o adscripciones de intencionalidad "como si". Pero no se trata de un tercer género de intencionalidad que estoy adscribiéndoles; sucede más bien que las plantas, los ordenadores y montones de otras cosas se comportan como si tuvieran intencionalidad, de modo que podemos hacer estas adscripciones metafóricas incluso si no tienen, literalmente hablando, intencionalidad alguna."
Los actos de habla, a pesar de su estatus de unidad comunicativa, son, a su vez, susceptibles de ser analizados, ya que incluyen partes diferenciadas con funciones concretas. Existe un núcleo del acto a partir del cual identificamos claramente la intención, pero le pueden otros elementos que sirven de apoyo a esa intencionalidad. Las manifestaciones lingüísticas de la cortesía reúnen un gran número de recursos para apoyar la intencionalidad del emisor y establecer un equilibrio de beneficios entre emisor y destinatario. Son esos enunciados que preparan un acto que puede perjudicar el beneficio del emisor, por ejemplo:
- Las reparaciones:
- Es que no sabía que habías comprado los libros
- Lo siento, excúseme
- Lo siento, perdón
- Los "cameladores":
- Tú, que tomas tan bien los apuntes: ¿me los dejas?
- Anda, cariño, lleva los niños al colegio
- Tú, que lo sabes todo, ¿quién gobernaba en el primer bienio de la república
Trabajar la competencia pragmática supone adquirir también una competencia intercultural. Aprender una lengua implica necesariamente sumergirse en la cultura con la que está estrechamente relacionada, lo que nos lleva a modificar constantemente nuestro conocimiento del mundo y a replantearnos nuestra propia identidad. Esto es especialmente visible cuando vivimos en un país extranjero y tratamos de adaptarnos a sus usos y costumbres sociales. Las complejas relaciones entre lengua y cultura deben apreciarse y tenerse en cuenta ahora más que nunca en un mundo que ahora vemos más convulso y que conjuga con dificultad globalización e interculturalidad. Los patrones propios de otra cultura no se obtienen automáticamente mediante el aprendizaje de la lengua, sino que es necesario ser consciente de ellos y mostrarlos desde sus patrones convencionales estructurados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario